Aroma de mujer

 Actualmente estoy dejando inundar mis sentidos, en concreto el del olfato, por El  Perfume, de Patrick Süskind, novela que nunca me había aventurado a leer, pero que sin duda es una de las que mejor definen el sentido del olfato, ése que nunca echamos de menos hasta que nos falta. La novela también retrata con la frialdad que caracteriza a los autores germanos, hasta dónde puede llegar la obsesión humana por el fascinante mundo de los olores. Muchas veces dicen que los aromas remiten a las más bajas pasiones del ser humano, y también a las más elevadas. He aquí un ejemplo.  

“Grenouille vio con claridad que su vida ya no tenía sentido sin la posesión de esa fragancia. Debía conocerla con todas sus particularidades, hasta el más íntimo y sutil de los pormenores; el simple recuerdo de su complejidad no era suficiente para él. Quería grabar el apoteósico perfume como un troquel en la negrura confusa de su alma, investigarlo exhaustivamente y en lo sucesivo sólo pensar, vivir y oler de acuerdo con las estructuras internas de esta fórmula mágica.

“Se fue acercando despacio a la muchacha, aproximándose más y más hasta que estuvo bajo el tejadillo a un paso detrás de ella. La muchacha no le oyó. Tenía los cabellos rojizos y llevaba un vestido gris sin mangas. Sus brazos eran muy blancos y las manos amarillas por el jugo de las ciruelas partidas (que estaba pelando).

“Grenouille se inclinó sobre ella y aspiró su fragancia, ahora totalmente desprovista de mezclas, tal y como emanaba de su nuca, de sus cabellos y del escote y se dejó invadir por ella como una ligera brisa. Jamás había sentido un bienestar semejante. En cambio, la muchacha sintió frío.

“No veía a Grenouille, pero experimentó cierta inquietud y un singular estremecimiento, como sorprendida de repente por el viejo temor ya olvidado. Le pareció sentir una corriente fría en la nuca, como si alguien hubiera abierto la puerta de un sótano inmenso y helado. Dejó el cuchillo, se llevó los brazos al pecho y se volvió.

“El susto de verle la dejó pasmada, por lo que él dispuso de mucho tiempo para rodearle el cuello con las manos. La muchacha no intentó gritar, no se movió, no hizo ningún gesto de rechazo, y él por su parte, no la miró. No vio su bonito rostro salpicado de pecas, los labios rojos, los grandes ojos verdes, porque mantuvo bien cerrados los propios mientras la estrangulaba, dominado por una única preocupación: no perderse absolutamente nada de su fragancia”.

el-perfume

El Perfume, Patrick Süskind.

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